El Templo se abre sobre mi en todo su jónico esplendor, elevado su pórtico sobre las alas laterales, con la puerta siempre semi-abierta al inexistente visitante proclamando la última verdad, la mía y la del hombre, desaparecido hace milenios: Solo quedo yo, y su estúpida obra, y algunos recuerdos; no todos, pues mi memoria está en fin limitada. Así, no es de extrañar que ya no recuerde el día que el último encargado humano del Templo murió, y que ya no recuerde su nombre ni su rostro. Ya no recuerdo más idioma que el que comparto con los salvajes, y el sempiterno latín, a pesar de que, si me lo propongo, aún puedo leer muchos de los libros que en el templo angostan, bárbaros testimonios de bárbaros lenguajes de bárbaras naciones: Like him was I, these sloping shoulders, this gracelessness. My childhood bends beside me. Too far for me to lay a hand there once or lightly. Mine is far and his secret as our eyes. Secrets, silent, stony sit in the dark palaces of both our hearts: secrets weary of their tyranny: tyrants willing to be dethroned. Si, hasta para ésto he tenido tiempo.
Deberías ser capaz de recordar los años que llevas aquí. Estás pensado en ello, y no lo recuerdas; tampoco dentro de un millar de años recordarás el día de hoy, ni el de mañana; estoy intentando liberarme de la memoria, que a la vida me ata. Creo que si algún día me olvido de mi mismo, moriré, por fin. Quizás cuando los libros terminen de pudrirse. Si, quizás. Mueca-sonrisa.
Ya no recuerdo el número de años que he permanecido aquí. Ya no recuerdo mi nombre. Ya no recuerdo nada del primer año después del Fin, mi primer año, que tan importante tuvo que ser. Por el contrario, recuerdo mucho de mis primeros años de soledad; recuerdo cuando siendo joven salía del templo y andaba durante horas, en cualquier dirección, buscando nada, caminando entre los hierros retorcidos ( retorcidos trozos de hierro, amenazantes trozos de hierro dentro de grandes trozos de hierro mordisqueados y oxidados ) y los pedazos de cemento esparcidos alrededor de donde antes se elevaban los edificios de la que fue la mayor ciudad de la humanidad, incapaz ya de resurgir de entre sus cascotes; llegué a hacer un plano mental de la ciudad, marcando en él los sitios que más me gustaban. Recuerdo también que al principio me gustaba recoger los pequeños objetos de plástico que el tiempo había medio respetado, y buscar luego su utilidad en los volúmenes de la aporícea Biblioteca, que siempre tenían una u otra respuesta. Un día encontré un CD, creo. Durante mucho tiempo también me divirtió buscar los restos de los que habían muerto en la superficie, reunir las albas astillas de quebradizo hueso y construir con ellas infinidad de pequeños osarios contra el suelo de negro y viejo alquitrán; con los muertos dibujaba círculos y cuadrados y pentagrámicas estrellas, o pequeños montoncitos piramidales, o simplemente esparcía sin voluntad alguna de diseño los huesos en lo que en su tiempo fue una autopista, o colocaba los restos paralelos a las absurdas marcas de la carretera; doble línea continua, triple línea continua, ángulo recto, femúrea cruz griega; me parecía tan poético como irónico. Con el tiempo, pero, dejé de salir, y ahora ya no abandono nunca los terrenos del templo. Probablemente el tiempo ha borrado ya mi nécrica obra, que no su legado: aún hoy los salvajes componen horrendos mausoleos con los huesos de sus muertos, absurda pantomima de mis antiguos juegos, que tanto les intrigaban. Creen que los huesos en círculo permiten la entrada del alma al paraíso, o algo así.
Creo que podría decirse que eres un misántropo, si alguien aún usase tal palabra. Nadie aparte de mi la recuerda ya, por suerte; y yo intento olvidarla, para evitar los cada vez más frecuentes achaques de la edad. Cuando uno ha estado tantos miles de años viviendo solo, aprende a evitar el sarcasmo, pues el tiempo ha ido haciendo mella en mi psique. Más de una vez yo mismo he pensado, a lo largo de mis huraños años, que no soy más que el avatar o el recuerdo de un dios loco al que los gentiles dejaron de adorar hace eras, y que deberé permanecer en este mi templo hasta que el mundo se canse de si mismo. Otras, he decidido que yo mismo soy un loco, o un espíritu olvidadizo y abandonado, y he corrido períptero y aterrado alrededor de mi casa durante noches, hasta que mis ancianos pies se han roto, y he tenido que regresar al templo arrastrándome, sintiendo que aun estoy a medio nacer, y esperando.
Hoy día, mi existencia ha recuperado algo de su primigenio orden. Me gusta sentarme en algún escalón de la enorme escalinata de pentélica piedra que, gastada por los pasos perdidos de miles de visitantes inexistentes, continua existiendo, romana a pesar del oxímoron. Muchas son las mañanas en que, si alguien mirara, me vería, blanquecino y hierático, en un peldaño cualquiera, mármol sobre mármol, mirando el tiempo sin siquiera parpadear, escuchando el lento golpeteo de mi corazón en el pecho y el peso de todo occidente sobre mi espalda. En las tardes, en cambio, no es raro verme caminando alrededor del templo, en uno de mis largos paseos en zigzag entre millares de columnas hasta la noche. Entonces vuelvo a dentro para observar las múltiples piezas que, envueltas de oscuridad, me hablan de muchos miles de años atrás, cuando el hombre caminaba erguido entre el vívido vidrio de este mismo templo, abierto ya al pasado, dónde el polvo duerme.
Esta mañana, pero, me ha asaltado una cierta impaciencia, nunca completamente controlada, y me he visto impelido a coger un libro cualquiera, el que tenia más a mano, sin ninguna razón en concreto. Miro el volumen que he escogido, y huelo el tiempo en él, y noto como crujen sus páginas en mis manos. Es uno de esos tan antiguos, al que en mi juventud arranqué la portada, en un inútil intento de destruirlo. Lo abro, y descubro que está escrito en latín. Vigesímico y Borgiano, el constructor solo me dejó libros, amarillentos y despegados, demasiado pesados para mis amarillentos y despegados brazos.
Mis ojos, un tanto plásticos ya, se posan en la primera línea, y reparo en que, no sin cierto horror, que estoy leyendo a Boecio. Por desgracia, mi vista está ya tan acostumbrada a leer, que no puedo apartarla del tomo. Ante mi se abre la celda, y veo en ella al tardío romano y a la Reina de las Ciencias, que lo consuela. Quién fuera él, viviendo con la seguridad que el martirio acabaría llegando. Él y yo, pero, no somos iguales. Mi rueda, que a todos levanta y vuelve a arrastrarnos por los suelos, se ha parado, y yo soy incapaz de soltarme de sus radios, por miedo al abismo. Además a mi la filosofía no me consuela, como descubrí en mi juventud. Dentro de unos decenios cambiaré de idea sobre Boecio, creo. Ya se verá.
Dejo el libro en su sitio, entre dos ignotos volúmenes negros, compactos e indiferenciados, y salgo al pronaos. Para mi sorpresa, distingo una figura a lo lejos, levantándose sobre el horizonte, poco más que un punto negro recortado contra el frío sol de invierno. Al parecer, ya han vuelto a pasar diez años.
Espero un par de horas, hasta que se acerca lo suficiente como para que pudiese observarle bien, si quisiera. El ser, de poco más de un metro de altura, va arrastrando los nudillos por el suelo, con un casco de bronce calado sobre la frente, siempre baja como si el suelo de agrietado alquitrán tuviera algo de interesante, y una herramienta, maliciosa y plateada, en las manos. Lleva también una pequeña talla de madera colgando alrededor del cuello, rupestre representación de alguna immanente venus, oscura y pesada, con la que generaciones atrás habían iniciado algo parecido a un culto a la naturaleza. Es un macho, para mi suerte. Los absurdos ofrecimientos sexuales de las hembras, brutales y sucias, me exasperan. Éste que ante mi se presentaba es de hecho un ejemplar joven y bien alimentado, con el pelaje cuidado. No me extrañaría que tuviera una pareja ( si ya habían establecido la monogamia, suponiendo que viesen algún valor en la monogamia ) y algunas crías pequeñas, orgullosas de él por haber llegado hasta aquí, expectantes de saber hasta donde acabaría llegando. Un poco como yo, pero con menos perspectiva. No deberías ser tan cínico. Ya.
Los pies del ser, duros y gastados, se paran al tocar el frío mármol que señala el inicio del templo y, por primera vez, levanta la vista, incapaz de contener su curiosidad, y nuestras miradas se encuentran. Sus ojos, aunque denotan inteligencia, no me impresionan. Hacía años que solo veía a ejemplares listos, y con formación; la mayoría sabían leer y escribir. Algunos latín. Muchos eran hasta inteligentes, pero no era esto lo que yo tenía que comprobar.
El salvaje enseguida baja la mirada, en un gesto que denoto más violento que avergonzado. Ya había observado, eones atrás, que a los de su clase tenían siempre los atemorizaba mi mirada. Los primeros años aún me gustaba impresionarles, transformando mis pupilas en unos negros relojes de arena, señal de mi oficio, un detalle que no creo que ninguno pudiera entender. Nunca llegué a preguntarles que connotaban para ellos esos ojos, pero sin duda les resultaba molesto mantenerme la mirada durante cierto tiempo. Hoy día, mis ojos, viejos y blancuzcos, les causan el mismo efecto, a pesar de no ser esa mi voluntad. Para ellos todo mi es monstruoso, especialmente la imagen de mi cara, plana y rosada como la palma de una mano.
Sin vanidad le doy la bienvenida al templo, y oigo por vez primera su voz de roca resonando entre las columnas, entonando perfectamente el saludo ritual. Aún hoy me parece que hay algo de errado, anatémico, en estos monos, con sus voces de barítono profundas y aterciopeladas. Sus voces solo son promesas al vacío; humanas, demasiado humanas para lo que tienen que decir. Prefiero escucharme a mi mismo, francamente.
- Traes las preguntas?
El ser me mira un instante, y asiente. Su voz, otra vez más, resuena.
- Si. Son muy difíciles. Hemos estado años pensándolas.
El ser no entiende la mueca-sonrisa que se instala en mis labios.
- Acompáñame.
Antes que haya podido moverse le doy la espalda, y penetro en el templo, oyendo sus pies susurrando al suelo. Detrás nuestro, la puerta se contrae sobre si misma, y la sala queda sumida a esa media oscuridad, seca y pesada, en la que parece que el mundo hubiere nacido. El ser tiene que correr para seguir mi paso experto entre los enormes anaqueles donde la civilización aguarda, expectante. No le da tiempo a leer ninguno de los títulos, por bien que lo intenta. Un tomo en especial le llama la atención, y cuando reparo en el título mi inconsciente, siempre atento, se dispara, y no puedo evitar que un susurro escape de mis labios, poco más que un chiste sobre el derecho de un mono a leer a Nietzsche, que no voy a reproducir aquí.
El ser, al oírme, se para en seco. No sé que pasa por su cabeza. Quizás piensa que estoy haciendo algún tipo de magia, o que estoy loco, o alguna otra cosa que mi gastada imaginación no puede abarcar en este momento. Camino aún algunos pasos, esperando que me siga, pero lo único que hace es agarrar con fuerza el colgante que lleva alrededor del cuello, y la maliciosa hoja plateada.
El ser y yo miramos a nuestro alrededor, él atemorizado por lo que las leyendas contaban, y yo preguntándome por que no podía hacer el ceremonial allí mismo, en medio de la sala, casi a oscuras. No estaría mal no tener que saber que es lo que va a pasar, a pesar de que casi da igual que encuentre algo distinto. No me lo imagino, lo recuerdo. Le doy al salvaje diez segundos para que me apuñale.