viernes, mayo 02, 2008

16/05/2008

[ El Momento Mas Feliz: La Casa Azul ] Fins i tot des d’una òptica poc Cortazariana obrir la porta representava un repte, o com a mínim, aixó m’ho vaig plantejar jo; la fosca frescor de l’apartament em reclamava ( si us plau, com feia sempre ) que no deixés entrar l’aclaparadora llum cuasi estival que àvida de conquesta intentava fondre la porta amb la seva escalfor, ja molesta. Només jo m’interposava entre ella i el rebedor on ara esguardava, i amb aquesta idea al cap em preparava, sabent que tot seria ràpid.

[Pause] Respiro, respiro. La mà salta sobre el pom; el giro, estiro, jo salto fora, em mig giro, i amb el meu propi impuls tanco la porta d’una batzegada, amb la certesa que el violent bram de la porta al tancar-se ha foragitat la llum de l’interior. Ja no la puc veure, però sé que he evitat que la llum molesti a la Flora, que segueix descansant beatíficament al llit. [ Play: Alguna Cosa Em Diu Que Si: Mishima ] Sembla que tot ha sortit bé, i em sento raonablement orgullos de la meva proesa: (H). Miro un segon al meu voltant, i m'adono de l'eteri polsim blanc m'orbita, amenaçant envair el món sencer, cobrint-lo amb una casi inexistent capa de génic borrisol. ( En aquesta época el Campus se n'omple, com si l'objectiu de tot plegat només fos que les absurdes acàcies es polinitcesin mutuament ).

Finalment, començo a caminar, calculant que arribaré a temps per a poder rebuscar en condicions. [ Astrud: Todo nos parece una mierda ] Faig 60 pases per a sortir definitivament al carrer. 200 per a la parada de l’autobús. [ Ídem; La Boda ] 4 minuts [ Antònia Font: Robot ] . 10 pases; m’assec a babor, al costat de la finestra. 7 minuts i mig [ La Casa Azul: Simpre Brilla el Sol ], [ Astrud: Cambio de Idea ] en els que ningú més puja. 50 pases per a l’estació de Renfe. El bitllet és gratis. 5 minuts esperant [ Astrud; Los Reyes son los Padres ] [ Sidonie: Joe ] . 10 pases per a pujar al tren; m’assec al primer lloc que trobo, incòmode. 23 minuts [ Standstill: Aire ] [ Quimi Portet: Montserrat ] [ Tino Casal: Eloise ] [ Astrud: Lemongirl ] [ Miranda: Enamorada ]. Baixo. Pujo a peu. Surto, picant el bitllet. Camino 100 pases fins a les escales. [ Astrud: Por la Ventana ] Surto a l’exterior, i a partir d’aquí el trajecte es torna mecànic: Baixo per la Rambla fins a Santa Anna, [ La Casa Azul: Hoy Me Has Dicho Hola por Primera Vez ] Santa Anna fins a Portal de l’Àngel, [ Marc Parrot: Superheroi ] Portal de l’Àngel fins a Bisbe, de Bisbe a Jaume I fins al Call, i d’allí a perdre’m. [ Antònia Font; Tots es Motors ] Paso per davant d’una llibreria hebrea, i em crida l’atenció una Torà, edició bilingüe argentí – yidish. [ Miranda: Romix ] El preu, cuasi la meitat del meu presupost mensual, me n’aparta, i tot i que conec a la noia de la llibreria ( una sefardita poc ortodoxa, pero profundament creient ) segueixo fins a una llibreria de vell on entro buscant quelcom per la Flora, que hores d’ara deu estar despertant-se, preguntant-se on paro; encara no està acostumada a la meva erràtica trascendència, a la meva mania de sentirme només presoner dels meus propis impulsos i pulsions, com si el que penso fos cert.

sábado, marzo 29, 2008

La conocí, y se convirtió en mi Schloos; el candado y el palacio en uno, lo bello guardado por si mismo. Descubrí en uno de los salones una mesa mecánica que subía, cargada de comida, desde la cocina; sobreviví gracias a ello, pues la estructura era por demás completamente inorgánica, inmóvil, pétrea.

También pasé algunos herémicos meses en la biblioteca, prístina, cuyos libros debían leerse en vertical: antiguos e inalterados, no me enseñaron nada, pues nunca llegué verdaderamente a entrar; todo era ella, tan desalcanzada, tan elevada, tan lejana... Y sangre tas cada puerta, pues la confianza no descubría nada bueno.

Así era el castillo.

miércoles, enero 30, 2008

Idea 3

Escena: Una pareja asiática, en un aeropuerto. Se están despidiendo, dolorosamente. El chico coje un avión, que se estrella. Es un Kamikaze.

miércoles, diciembre 26, 2007






No se m'acut una manera millor de dir-ho.

sábado, noviembre 03, 2007

Masaje

Tendida, ella espera el masaje que me ha pedido, mientras la primera canción de nuestro CD se acaba; le digo que un segundo, que esté tranquila, y no me contesta; solo cierra los ojos, esperando mi tacto sobre sus hombros, pero antes de tocarla dudo un instante, porque el el frío me ha dejado las manos un poco ásperas, y no es plan. Busco en un cajón, y mientras cojo la crema pienso que cuando mis manos recorran su espalda no me costaría mucho acercarme poco a poco a su cuello, relajada ella y concentrado yo, y en un momento dado cerrar las manos, con fuerza pero sin violencia, estrechándola, impidiendo que se mueva, durante quien sabe cuántos minutos, hasta que esté tan fría como todo, y luego ya se vería...

Ella levanta un segundo la mirada y decido dejarlo para otro día, porque aún la quiero, a pesar de todo.

viernes, agosto 03, 2007

Dentro de las costumbres del señor García estaba el despertarse cada día exactamente a las siete y veintisiete minutos de la mañana, con terribilítica exactitud, por lo que el chirrido del despertador que esa mañana cualquiera inundó el dormitorio principal de casa de los García ( número treinta y nueve de la calle General García ) tenía un sentido más estético que práctico; su única función era, en última instancia, subrayar la ya citada ( horriblemente diligente, inhumana ) costumbre del señor García de despertarse cada mañana a las siete y veintisiete minutos de la mañana, inefable seña de civilitud que el señor García no impedía dar a la creación toda; al tercer timbrazo lo apagó, pues, y con lentitud casi regia empezó a levantarse, vigilando que ambos pues tocaran el suelo en el mismo instante, e inmóvil sentado en la cama esperó a contar veinte parpadeos verdes en la pantalla del despertador, como era su costumbre; ese era el tiempo que cada mañana se otorgaba a sí mismo para despejarse un poco, y poder así empezar el día correctamente.

Pasaban pues treinta segundos de las siete y media de la mañana de un día cualquiera cuando el señor García se levantó realmente, y con un espíritu emprendedor realmente envidiable dedicó los siguientes veinte minutos a ducharse, afeitarse y vestirse, reparando con atención en la correcta realización de cada uno de estos actos, por los que volvía, como en las nueve mil mañanas anteriores, a su esencial estado de hombre civilizado, limpio, afeitado y suficientemente puntual como para a las ocho menos diez en punto presentarse en la cocina, a sabiendas de que allí encontraría a la señora García, aún a medio peinar, una licencia que la magnanimidad del señor García le permitía. Sobre la mesa estaba el almuerzo, recién servido y perfectamente autoparalelo: Dos tazas de café, blancas, cada una con su platillo y su cucharilla en un ángulo de ochenta grados respecto al asa de la taza; dos copas de zumo de naranja, bajas y naranjas, arrulladas por la cafetera y el botecito con la leche entera, lleno hasta la mitad; tres cucharas más grandes, preguntándose; dos pedazos de tarta, blancuzca y marrón, preguntándose sobre las cucharas; un bol, pueril, lleno de leche; un paquete de cereales herméticamente abierto; tres servilletas torturadas, a pesar de ser blancas; un mantel, contingente, y fuera de la mesa ya la señora García, que mientras lo dirigía todo se permitía el lujo de hablar con el señor García, idiosincrasia que después de años de convivencia ambos se tomaban.

- Buenos días, señor García.

- Buenos días, señora García.

El señor García se sentó en la mesa, mientras la señora García, perfectamente sincronizada, le servía el café, y el Señor García empezaba a contar los elementos que sobre la mesa había, a sabiendas ya del par resultado que iba a obtener.

- Se ha levantado usted bien, señor García.

- No tanto como usted, evidentemente, señora García. ¿Dónde esta nuestro pequeño García, por cierto?

- Oh, señor García, es usted tan gracioso... aun faltan 2 minutos para que baje a desayunar; solo son las ocho y tres minutos de la mañana, o sea que aún le falta ponerse el calcetín izquierdo, y los zapatos. ( Pausa ) ¿Va a llevarlo usted al colegio, señor García?

- Naturalmente, señora García.

- Muy bien, señor García. Por cierto, tengo que comentarle, antes que venga el pequeño García, que vuelvo a estar embarazada.

- Muy bien, señora García. Mis felicitaciones.

- Igualmente, señor García.

Al cabo de un minuto y diez segundos apareció el pequeño García, perfectamente planificado, con el calcetín izquierdo en el pie izquierdo, y los zapatos perfectamente anudados. Sin duda, era éste el hijo García perfecto.

- Buenos días, papá García. Buenos días, mamá García.

- Buenos días, pequeño García – Corearon ambos al mismo tiempo - Preparado para ir al colegio? – Siguió el señor García solo ahora, mientras la señora García, sabiendo ya lo útil que ese día había resultado, había vuelto a subir para terminar de peinarse.

- Naturalmente, papá García.

El señor García acabó su café para a continuación levantarse, recoger su maletín, y salir a la calle, seguido de cerca por el pequeño García, que casi tropieza con el vecino, el señor García, cuya rutina era también salir de casa a las ocho y veinticinco de la mañana.

- Buenos días, vecino García.

- Buenos días, señor García. Buenos días, pequeño García. ¿Que tal se encuentra la señora García, señor García?

- Muy bien, vecino García. Recuerdos de su parte.

- Igualmente, señor García. Adiós, Señor García.

- Adiós, vecino García. Di adiós, pequeño García.

- Adiós, vecino García.

- Adiós, pequeño García.

Dejando que su vecino siguiera con sus quehaceres, el Señor García se dirigió al sitió donde cada día anterior dejaba su coche, seguido ( o guiado, quien sabe ) por el pequeño Garcia, quien abrió la puerta al mismo tiempo que el señor García, y al mismo tiempo que su padre entró en el azul monovolumen y se ajustó perfectamente el cinturón de seguridad, justo a las ocho y treinta minutos de la mañana. Cuatro segundos después se encendió el motor, cuya ya probada fidelidad a las órdenes del señor García se demostró una vez más. A los catorce minutos, el señor García se plantó a las puertas del colegio, dónde casualmente coincidió como cada día con la profesora de ciencias, la señorita García.

- Buenos días, señor García. Buenos días, pequeño García.

- Buenos días, señorita García – Se adelantó el pequeño García-

- Buenos días, señorita garcía – repitió el señor García, censurando internamente la inexcusable actitud del pequeño García.

- Suerte que lo encuentro, señor García. ¿Cree que podría esta tarde pasarse por el colegio? El director García querría hablar con usted.

- Espero que no haya ningún problema con el pequeño García, señorita García...

- De ningún modo, señor García. Simplemente el colegio quiere mantener el mayor contacto que pueda con los padres, y eso evidentemente le incluye a usted, señor García.

- Me parece una muy loable intención, señorita García. Esté usted segura que vendré esta tarde, en cuanto salga del trabajo. Le parece bien a usted que me pase a las ocho y seis minutos?

- Por supuesto, señor García. Nos vemos esta tarde, pues.

- Adiós, señorita García. Adiós, pequeño García - añadió, mientras el pequeño García bajaba del coche por la puerta trasera.

- Adiós, papá García. Hasta las ocho y seis.

En cuanto el pequeño García salió del coche el señor García volvió a encender el motor, y con cierta premura ( había perdido casi un minuto hablando con la señorita García ) siguió conduciendo en dirección al edificio de oficinas en el que trabajaba, en cuyo parking detuvo el coche a las ocho y cincuenta y seis minutos de la mañana, para a continuación coger el ascensor que debería dejarlo a las ocho menos un minuto en la recepción del bufete de García & García Asociados. Entró en la oficina, y saludó al conserje García y a la señora García, la recepcionista, que picaronamente le guiñó el ojo, como cada mañana. El señor García no dio señal alguna de haberse dado cuenta del detalle, pero ambos sabían que la señora García no escaparía de un amistoso pellizquito en el trasero después de la hora de comer.

A las nueve en punto el señor García llegó a su mesa, encontrándola tan a punto de trabajar como él mismo se sentía; de un sutil manotazo cogió el expediente del caso García contra García, y empezó a leer, sin dejar que las pocas expectativas que tenia el bufete para con su cliente lo amedrentaran; cinco horas y unos cientos de folios después decidió proponerle al director general García una solución mediada, que incluía la retirada por parte de Transportes García de la segunda denuncia sobre su cliente. La complejidad de la cuestión, pero, no le impidió dejar pulcramente el dossier sobre la mesa a la una en punto, y dirigirse sin tardanza al bar que había justo debajo de la empresa, dónde acostumbraban a comer cada día con algún compañero o incluso subordinado, en aras de conseguir una relación igual de cordial para con todos los trabajadores de García & García asociados.

Aquel día, por ejemplo, había decidido hacerse acompañar por el joven García, un ídem y eficiente recién llegado, cuyo brillante futuro no frenaba la fraternal camaradería que el señor García sentía por él.

- Buenos días. joven García. Que tal el trabajo?

- Como siempre, señor García. Y a usted?

- No me quejo, joven García, no me quejo. Me preguntaba si sería de su gusto el acompañarme a comer.

- Bueno, señor García, la verdad es que tendría que acabar con todo este papeleo antes de poder ir a comer…

- Sin duda un joven tan emprendedor como usted encontrará la forma más eficiente para organizar su tiempo y poder tanto acabar su trabajo como acompañarme a comer. Invito yo, por supuesto…

Una sombra de desconfianza se afianzó en la traspsique del joven García, naturalmente.

- Por favor, señor García, no podría aceptarlo…

- Claro que podría, joven García; lo hará, de hecho. Mi mujer me ha comentado hoy que vuelve a estar embarazada, y comprenderá que quiera celebrarlo.

La sombra de desconfianza se desafianzó de la psique del joven García, Naturalmente, y una amplía mediasonrisa se instaló en su rostro.

- Vaya, mi enhorabuena, señor García… si es así, entiendo que no puedo negarme…

- Por supuesto que no, joven García. Una noticia como ésta no se da todos los días.

- Por supuesto que no, señor García. Como usted dice, hay que celebrarlo.

- De acuerdo pues. Si me acompaña, por favor, joven García…

- Con gusto, señor García.

El joven García se levantó con eficacia, y mientras ambos se dirigían al ascensor que los iba a llevar a la planta baja del edificio, una fugaz pregunta cruzó por la mente del joven García, cuya casi pueril espontaneidad le obligó a verbalizar.

- Y dígame, señor García…ya han pensado como van a llamar a su nuevo hijo?

domingo, julio 22, 2007



El Templo se abre sobre mi en todo su jónico esplendor, elevado su pórtico sobre las alas laterales, con la puerta siempre semi-abierta al inexistente visitante proclamando la última verdad, la mía y la del hombre, desaparecido hace milenios: Solo quedo yo, y su estúpida obra, y algunos recuerdos; no todos, pues mi memoria está en fin limitada. Así, no es de extrañar que ya no recuerde el día que el último encargado humano del Templo murió, y que ya no recuerde su nombre ni su rostro. Ya no recuerdo más idioma que el que comparto con los salvajes, y el sempiterno latín, a pesar de que, si me lo propongo, aún puedo leer muchos de los libros que en el templo angostan, bárbaros testimonios de bárbaros lenguajes de bárbaras naciones: Like him was I, these sloping shoulders, this gracelessness. My childhood bends beside me. Too far for me to lay a hand there once or lightly. Mine is far and his secret as our eyes. Secrets, silent, stony sit in the dark palaces of both our hearts: secrets weary of their tyranny: tyrants willing to be dethroned. Si, hasta para ésto he tenido tiempo.
Deberías ser capaz de recordar los años que llevas aquí. Estás pensado en ello, y no lo recuerdas; tampoco dentro de un millar de años recordarás el día de hoy, ni el de mañana; estoy intentando liberarme de la memoria, que a la vida me ata. Creo que si algún día me olvido de mi mismo, moriré, por fin. Quizás cuando los libros terminen de pudrirse. Si, quizás. Mueca-sonrisa.
Ya no recuerdo el número de años que he permanecido aquí. Ya no recuerdo mi nombre. Ya no recuerdo nada del primer año después del Fin, mi primer año, que tan importante tuvo que ser. Por el contrario, recuerdo mucho de mis primeros años de soledad; recuerdo cuando siendo joven salía del templo y andaba durante horas, en cualquier dirección, buscando nada, caminando entre los hierros retorcidos ( retorcidos trozos de hierro, amenazantes trozos de hierro dentro de grandes trozos de hierro mordisqueados y oxidados ) y los pedazos de cemento esparcidos alrededor de donde antes se elevaban los edificios de la que fue la mayor ciudad de la humanidad, incapaz ya de resurgir de entre sus cascotes; llegué a hacer un plano mental de la ciudad, marcando en él los sitios que más me gustaban. Recuerdo también que al principio me gustaba recoger los pequeños objetos de plástico que el tiempo había medio respetado, y buscar luego su utilidad en los volúmenes de la aporícea Biblioteca, que siempre tenían una u otra respuesta. Un día encontré un CD, creo. Durante mucho tiempo también me divirtió buscar los restos de los que habían muerto en la superficie, reunir las albas astillas de quebradizo hueso y construir con ellas infinidad de pequeños osarios contra el suelo de negro y viejo alquitrán; con los muertos dibujaba círculos y cuadrados y pentagrámicas estrellas, o pequeños montoncitos piramidales, o simplemente esparcía sin voluntad alguna de diseño los huesos en lo que en su tiempo fue una autopista, o colocaba los restos paralelos a las absurdas marcas de la carretera; doble línea continua, triple línea continua, ángulo recto, femúrea cruz griega; me parecía tan poético como irónico. Con el tiempo, pero, dejé de salir, y ahora ya no abandono nunca los terrenos del templo. Probablemente el tiempo ha borrado ya mi nécrica obra, que no su legado: aún hoy los salvajes componen horrendos mausoleos con los huesos de sus muertos, absurda pantomima de mis antiguos juegos, que tanto les intrigaban. Creen que los huesos en círculo permiten la entrada del alma al paraíso, o algo así.
Creo que podría decirse que eres un misántropo, si alguien aún usase tal palabra. Nadie aparte de mi la recuerda ya, por suerte; y yo intento olvidarla, para evitar los cada vez más frecuentes achaques de la edad. Cuando uno ha estado tantos miles de años viviendo solo, aprende a evitar el sarcasmo, pues el tiempo ha ido haciendo mella en mi psique. Más de una vez yo mismo he pensado, a lo largo de mis huraños años, que no soy más que el avatar o el recuerdo de un dios loco al que los gentiles dejaron de adorar hace eras, y que deberé permanecer en este mi templo hasta que el mundo se canse de si mismo. Otras, he decidido que yo mismo soy un loco, o un espíritu olvidadizo y abandonado, y he corrido períptero y aterrado alrededor de mi casa durante noches, hasta que mis ancianos pies se han roto, y he tenido que regresar al templo arrastrándome, sintiendo que aun estoy a medio nacer, y esperando.
Hoy día, mi existencia ha recuperado algo de su primigenio orden. Me gusta sentarme en algún escalón de la enorme escalinata de pentélica piedra que, gastada por los pasos perdidos de miles de visitantes inexistentes, continua existiendo, romana a pesar del oxímoron. Muchas son las mañanas en que, si alguien mirara, me vería, blanquecino y hierático, en un peldaño cualquiera, mármol sobre mármol, mirando el tiempo sin siquiera parpadear, escuchando el lento golpeteo de mi corazón en el pecho y el peso de todo occidente sobre mi espalda. En las tardes, en cambio, no es raro verme caminando alrededor del templo, en uno de mis largos paseos en zigzag entre millares de columnas hasta la noche. Entonces vuelvo a dentro para observar las múltiples piezas que, envueltas de oscuridad, me hablan de muchos miles de años atrás, cuando el hombre caminaba erguido entre el vívido vidrio de este mismo templo, abierto ya al pasado, dónde el polvo duerme.
Esta mañana, pero, me ha asaltado una cierta impaciencia, nunca completamente controlada, y me he visto impelido a coger un libro cualquiera, el que tenia más a mano, sin ninguna razón en concreto. Miro el volumen que he escogido, y huelo el tiempo en él, y noto como crujen sus páginas en mis manos. Es uno de esos tan antiguos, al que en mi juventud arranqué la portada, en un inútil intento de destruirlo. Lo abro, y descubro que está escrito en latín. Vigesímico y Borgiano, el constructor solo me dejó libros, amarillentos y despegados, demasiado pesados para mis amarillentos y despegados brazos.
Mis ojos, un tanto plásticos ya, se posan en la primera línea, y reparo en que, no sin cierto horror, que estoy leyendo a Boecio. Por desgracia, mi vista está ya tan acostumbrada a leer, que no puedo apartarla del tomo. Ante mi se abre la celda, y veo en ella al tardío romano y a la Reina de las Ciencias, que lo consuela. Quién fuera él, viviendo con la seguridad que el martirio acabaría llegando. Él y yo, pero, no somos iguales. Mi rueda, que a todos levanta y vuelve a arrastrarnos por los suelos, se ha parado, y yo soy incapaz de soltarme de sus radios, por miedo al abismo. Además a mi la filosofía no me consuela, como descubrí en mi juventud. Dentro de unos decenios cambiaré de idea sobre Boecio, creo. Ya se verá.
Dejo el libro en su sitio, entre dos ignotos volúmenes negros, compactos e indiferenciados, y salgo al pronaos. Para mi sorpresa, distingo una figura a lo lejos, levantándose sobre el horizonte, poco más que un punto negro recortado contra el frío sol de invierno. Al parecer, ya han vuelto a pasar diez años.
Espero un par de horas, hasta que se acerca lo suficiente como para que pudiese observarle bien, si quisiera. El ser, de poco más de un metro de altura, va arrastrando los nudillos por el suelo, con un casco de bronce calado sobre la frente, siempre baja como si el suelo de agrietado alquitrán tuviera algo de interesante, y una herramienta, maliciosa y plateada, en las manos. Lleva también una pequeña talla de madera colgando alrededor del cuello, rupestre representación de alguna immanente venus, oscura y pesada, con la que generaciones atrás habían iniciado algo parecido a un culto a la naturaleza. Es un macho, para mi suerte. Los absurdos ofrecimientos sexuales de las hembras, brutales y sucias, me exasperan. Éste que ante mi se presentaba es de hecho un ejemplar joven y bien alimentado, con el pelaje cuidado. No me extrañaría que tuviera una pareja ( si ya habían establecido la monogamia, suponiendo que viesen algún valor en la monogamia ) y algunas crías pequeñas, orgullosas de él por haber llegado hasta aquí, expectantes de saber hasta donde acabaría llegando. Un poco como yo, pero con menos perspectiva. No deberías ser tan cínico. Ya.
Los pies del ser, duros y gastados, se paran al tocar el frío mármol que señala el inicio del templo y, por primera vez, levanta la vista, incapaz de contener su curiosidad, y nuestras miradas se encuentran. Sus ojos, aunque denotan inteligencia, no me impresionan. Hacía años que solo veía a ejemplares listos, y con formación; la mayoría sabían leer y escribir. Algunos latín. Muchos eran hasta inteligentes, pero no era esto lo que yo tenía que comprobar.
El salvaje enseguida baja la mirada, en un gesto que denoto más violento que avergonzado. Ya había observado, eones atrás, que a los de su clase tenían siempre los atemorizaba mi mirada. Los primeros años aún me gustaba impresionarles, transformando mis pupilas en unos negros relojes de arena, señal de mi oficio, un detalle que no creo que ninguno pudiera entender. Nunca llegué a preguntarles que connotaban para ellos esos ojos, pero sin duda les resultaba molesto mantenerme la mirada durante cierto tiempo. Hoy día, mis ojos, viejos y blancuzcos, les causan el mismo efecto, a pesar de no ser esa mi voluntad. Para ellos todo mi es monstruoso, especialmente la imagen de mi cara, plana y rosada como la palma de una mano.
Sin vanidad le doy la bienvenida al templo, y oigo por vez primera su voz de roca resonando entre las columnas, entonando perfectamente el saludo ritual. Aún hoy me parece que hay algo de errado, anatémico, en estos monos, con sus voces de barítono profundas y aterciopeladas. Sus voces solo son promesas al vacío; humanas, demasiado humanas para lo que tienen que decir. Prefiero escucharme a mi mismo, francamente.
- Traes las preguntas?
El ser me mira un instante, y asiente. Su voz, otra vez más, resuena.
- Si. Son muy difíciles. Hemos estado años pensándolas.
El ser no entiende la mueca-sonrisa que se instala en mis labios.
- Acompáñame.
Antes que haya podido moverse le doy la espalda, y penetro en el templo, oyendo sus pies susurrando al suelo. Detrás nuestro, la puerta se contrae sobre si misma, y la sala queda sumida a esa media oscuridad, seca y pesada, en la que parece que el mundo hubiere nacido. El ser tiene que correr para seguir mi paso experto entre los enormes anaqueles donde la civilización aguarda, expectante. No le da tiempo a leer ninguno de los títulos, por bien que lo intenta. Un tomo en especial le llama la atención, y cuando reparo en el título mi inconsciente, siempre atento, se dispara, y no puedo evitar que un susurro escape de mis labios, poco más que un chiste sobre el derecho de un mono a leer a Nietzsche, que no voy a reproducir aquí.
El ser, al oírme, se para en seco. No sé que pasa por su cabeza. Quizás piensa que estoy haciendo algún tipo de magia, o que estoy loco, o alguna otra cosa que mi gastada imaginación no puede abarcar en este momento. Camino aún algunos pasos, esperando que me siga, pero lo único que hace es agarrar con fuerza el colgante que lleva alrededor del cuello, y la maliciosa hoja plateada.
El ser y yo miramos a nuestro alrededor, él atemorizado por lo que las leyendas contaban, y yo preguntándome por que no podía hacer el ceremonial allí mismo, en medio de la sala, casi a oscuras. No estaría mal no tener que saber que es lo que va a pasar, a pesar de que casi da igual que encuentre algo distinto. No me lo imagino, lo recuerdo. Le doy al salvaje diez segundos para que me apuñale.